Al regresar a Venezuela el magnate, asociado con no sé quién, y ayudado por los contactos de su madre y quizá bajo la sombra de su padrino (un político avispado que había sido presidente del país un par de veces, pero con quien, en realidad, no tenía mucho contacto), montó una constructora para cazar contratos públicos. Trabajó como chofer, maître, y proxeneta de los políticos que manejaban las licitaciones. Tuvo que pagar cenas en restaurantes caros, contratar prostitutas de lujo, financiar borracheras con whisky escocés, organizar fiestas, en resumen, divertirlos. Igual que muchos de los que buscaban contratos públicos pero con un poco más de gracia, supongo, porque a él los contratos le llegaron cada vez con mayor frecuencia, las actividades lúdicas continuaron, y las cifras se hicieron mayores, sobornos y comisiones incluidos. El magnate comenzó obras también para el sector privado. Le fue bien. En poco tiempo se convirtió en uno de los tipos menores de treinta años con más pasta (no heredada) del lugar.
*
He cambiado el insomnio por las pesadillas. Por ejemplo, salimos a buscar el tren por la puerta equivocada. Debemos regresar por donde hemos venido. Intento caminar en contradirección, pero hay una turba, una pared de cuerpos chinos. Aparece un campesino (lo sé por la camisa azul, la que da el gobierno) que usa una carretilla para cortarme el paso. Le pido que me deje seguir, que mi tren está a punto de irse, pero mi voz es un chillido de gaviota, no se entiende. Oigo a mi amigo gritar mi nombre. Me giro. No lo veo. El campesino golpea mis pantorrillas con su carretilla. Me muevo hasta la pared. Entre la turba, se asoma una cara conocida. No sé de quién, pero es conocida. Una pareja avanza haciendo figuras de bailes de salón. La música es un zumbido duro, metálico. Alguien dice: mientras más gente te rodee más solo estarás; pero por buscar la soledad no te rodeará más gente. Tres chinas jóvenes me piden pasar. Por ellas, me doy cuenta de que hay un agujero en la pared a la altura de mis pantorrillas. Me asomo. Está mi amigo amarrado a un muñeco de pagoda, de esos con cara de maldad. Mi amigo, ahora, es el muñeco, que recibe azotes de una pandilla de comerciantes de pescados. En realidad, los comerciantes son los propios pescados, que se golpean contra mi amigo. Intento pasar por el agujero para pedirle a los comerciantes que se calmen, que ya les pago yo, pero las tres chinas me retienen, parcas, cogiéndome por la cintura del pantalón. Las golpeo dando coses. Acabo perdiendo el equilibrio. Regreso a la turba china, que ahora me quiere pisar. Cojo un pie y lo muerdo. El talón. El derecho, o el izquierdo, ya no recuerdo. El dueño del pie me grita con la voz de mi amigo. Se sacude, molesto, de mi mordida. Me insulta no sé qué. Y así encuentro la manera de avanzar, a mordiscos, por entre los pies de la turba. Alguien dice: mientras puedas morder nadie querrá pisarte, y vuelve a sonar mi nombre por la megafonía, justo antes de comenzar un canto…
WORK IN PROGRESS
viernes, 2 de enero de 2009
el amor es un producto patrocinado por los fabricantes de condones (continuación)
Como trabajador ilegal el magnate entró a una empresa de timos no ilegales. La empresa recogía ofertas de fototiendas, ventas de colchones, agencias de viajes, servicios de limpieza, fábricas de sillas, etc., y hacía repetir al magnate, como a los demás empleados, encerrados en unos cubículos que imagino sucios y oscuros, o con luz de hospital, este guión telefónico:
--¡Seeee…ñora, FE-LI-CI-TA-CIO-NES! ¡Acaba usted de ganar el premio gordo de nuestro concurso de televisión! ¡Ahora mismo su nombre está titilando en la pantalla gigante de nuestro estudio! Un fin de semana para dos personas en Las Vegas, seis fotografías de treinta por cincuenta acompañada por su querida familia, un colchón tamaño king size con cobertor, un juego de sillas para el jardín. ¿Qué no tiene jardín, dice? No importa, lo tendrá pronto, se lo garantizo. ¡Su suerte acaba de cambiar! ¡Y todo esto, COM-PLE-TA-MEN-TE GRATIS! ¡¿Qué le parece, señora?! Sólo tiene que responder correctamente a la pregunta del concurso y después confirmarme su dirección para hacer entrega del premio.
Y aquí estaba el truco, en el mensajero. Treinta dólares, costaba el servicio. El mensajero era la propia empresa, en realidad. Pluto en motocicleta. Los regalos eran ofertas disponibles para cualquiera, promociones, y todas tenían truco. El fotoestudio, por ejemplo, sólo te daba las fotos si pagabas la sesión: maquillaje, vestuario, iluminación, doscientos dólares. O el fin de semana en las Vegas lo regalaban sólo si el candidato llenaba un perfil de edad y de ingresos. La empresa de timos recogía estas promociones y se fabricaba la ficción del concurso.
Las víctimas eran la población hispana, la ignorante. Cuando salía del trabajo, el magnate, a las tantas (ganaba por comisión de ventas, así que intentaba trabajar todo lo posible, porque no se sabía a qué hora iba a caer el premio, el pendejo que creyera en el concurso y pagara el envío), se encontraba con las víctimas que habían ido al garito a buscar sus regalos. La gotita de sudor bajaba por la frente de los premiados, los cabellos peinaditos, el único traje rescatado del fondo del armario. Color gris ratón arrugado, todo, hasta el traje.
*
El magnate, después de estudiar cómo funcionaba el negocio, decidió montar una sucursal independiente, dejar de trabajar por cuenta ajena y por comisión. Había ido a Los Ángeles acompañado por un primo suyo hijo de libaneses. El primo también trabajaba para la empresa de timos. Se montaron la historia. Buscaron ofertas (la fuerte, entre las suyas, era una de limpieza de alfombras), llamaron por teléfono, entregaron premios, limpiaron alfombras, consiguieron dinero. Les fue bien, económicamente. Vivían cerca de Beberly Hills, en un condominio con piscina climatizada. Tenían un coche deportivo, descapotado. Los clásicos símbolos del éxito californiano. Pero, a diferencia de lo que se veía en el cine, no parecían surfistas, estaban pálidos y agotados, no tenían tiempo para ir a la playa. Pasar el día con el teléfono los dejaba tan desmadrados que en el tiempo libre sólo querían descansar, dormir. Alguna vez, los fines de semana, iban a espectáculos de show girls. Mujeres en pelotas que movían las tetas con la música. Prostitutas de lujo que después de trabajar estaban tan desmadradas que en el tiempo libre sólo querían descansar, dormir.
Cuando unos amigos los fueron a visitar a Los Ángeles, al verlos, les preguntaron, sorprendidos, si se estaban drogando. Esa era la cara que tenían. Acabaron convenciéndolos para regresar a Venezuela.
--¡Seeee…ñora, FE-LI-CI-TA-CIO-NES! ¡Acaba usted de ganar el premio gordo de nuestro concurso de televisión! ¡Ahora mismo su nombre está titilando en la pantalla gigante de nuestro estudio! Un fin de semana para dos personas en Las Vegas, seis fotografías de treinta por cincuenta acompañada por su querida familia, un colchón tamaño king size con cobertor, un juego de sillas para el jardín. ¿Qué no tiene jardín, dice? No importa, lo tendrá pronto, se lo garantizo. ¡Su suerte acaba de cambiar! ¡Y todo esto, COM-PLE-TA-MEN-TE GRATIS! ¡¿Qué le parece, señora?! Sólo tiene que responder correctamente a la pregunta del concurso y después confirmarme su dirección para hacer entrega del premio.
Y aquí estaba el truco, en el mensajero. Treinta dólares, costaba el servicio. El mensajero era la propia empresa, en realidad. Pluto en motocicleta. Los regalos eran ofertas disponibles para cualquiera, promociones, y todas tenían truco. El fotoestudio, por ejemplo, sólo te daba las fotos si pagabas la sesión: maquillaje, vestuario, iluminación, doscientos dólares. O el fin de semana en las Vegas lo regalaban sólo si el candidato llenaba un perfil de edad y de ingresos. La empresa de timos recogía estas promociones y se fabricaba la ficción del concurso.
Las víctimas eran la población hispana, la ignorante. Cuando salía del trabajo, el magnate, a las tantas (ganaba por comisión de ventas, así que intentaba trabajar todo lo posible, porque no se sabía a qué hora iba a caer el premio, el pendejo que creyera en el concurso y pagara el envío), se encontraba con las víctimas que habían ido al garito a buscar sus regalos. La gotita de sudor bajaba por la frente de los premiados, los cabellos peinaditos, el único traje rescatado del fondo del armario. Color gris ratón arrugado, todo, hasta el traje.
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El magnate, después de estudiar cómo funcionaba el negocio, decidió montar una sucursal independiente, dejar de trabajar por cuenta ajena y por comisión. Había ido a Los Ángeles acompañado por un primo suyo hijo de libaneses. El primo también trabajaba para la empresa de timos. Se montaron la historia. Buscaron ofertas (la fuerte, entre las suyas, era una de limpieza de alfombras), llamaron por teléfono, entregaron premios, limpiaron alfombras, consiguieron dinero. Les fue bien, económicamente. Vivían cerca de Beberly Hills, en un condominio con piscina climatizada. Tenían un coche deportivo, descapotado. Los clásicos símbolos del éxito californiano. Pero, a diferencia de lo que se veía en el cine, no parecían surfistas, estaban pálidos y agotados, no tenían tiempo para ir a la playa. Pasar el día con el teléfono los dejaba tan desmadrados que en el tiempo libre sólo querían descansar, dormir. Alguna vez, los fines de semana, iban a espectáculos de show girls. Mujeres en pelotas que movían las tetas con la música. Prostitutas de lujo que después de trabajar estaban tan desmadradas que en el tiempo libre sólo querían descansar, dormir.
Cuando unos amigos los fueron a visitar a Los Ángeles, al verlos, les preguntaron, sorprendidos, si se estaban drogando. Esa era la cara que tenían. Acabaron convenciéndolos para regresar a Venezuela.
jueves, 1 de enero de 2009
el amor es un producto patrocinado por los fabricantes de condones (continuación)
A mi amigo lo conocí en el liceo, hace veinte años, y desde el primer día ya parecía enfermo con las compañeras de clase. Venía de un colegio para chavales, del Opus Dei. Cuando entró al salón de clases se atosigó. Pero tenía cara de doce años, no de dieciséis, y las compañeras lo tomaron a guasa. Se convirtió en el payaso de la clase. Le venía bien, de todos modos, el papel, tenía vocación de chiste.
Al principio apenas éramos compañeros de clase. Demasiado gilipollas, pensaba yo, por su tipo autista. Se puede quedar pegado en una parte de la conversación aunque ya se haya saltado a otra cosa, hace rato. Canta a gritos sin importar donde esté, en cualquier momento. Cosas así. Todavía las hace. En esa época yo tenía otro amigo. Un tipo pequeño que ahora es casi un magnate. Un caso curioso, creo que va bien explicar su historia para seguir con el tema de los contrastes que comencé en el capítulo anterior:
*
Hijo bastardo de un libanés. Vivía con su madre, una mujer inteligente, que mezclaba astucia y bondad sin que nadie se diera cuenta (de la astucia).
En el día, cuando éramos adolescentes, el magnate muchas veces se iba a la casa de su padre donde, oficialmente, era bien recibido.
En tercer año de la secundaria su padre murió y la familia oficial le giró la cara, negó la filiación, usó abogados, lo desheredó. Aquello jodió mucho al magnate, lo marcó. El magnate dejó el liceo al año siguiente, uno antes de la graduación, no sé si por razones académicas o económicas, o un poco de cada cosa, supongo. Estudiábamos en un colegio caro y quizá su bajo rendimiento decidiera a su madre a reducir gastos o, pensándolo mejor, puede que su padre pagara antes el colegio.
Mantuvimos el contacto y luego nos reencontramos en la universidad, en el primer año de la carrera de leyes. El magnate tenía un Jeep descapotado, negro y naranja, destartalado, que me sirvió de inspiración. Yo me compré un Jeep blanco, mucho menos estruendoso a la vista pero no al oído, porque por dentro estaba aún peor.
El magnate dejó la universidad comenzando el segundo año de la carrera. No estaba hecho para los estudios. La suya era la cultura de la calle. Se fue a vivir a California con un tío a quien quería mucho, hermano menor de la madre, que vivía en Los Ángeles haciendo no sé qué.
Al principio apenas éramos compañeros de clase. Demasiado gilipollas, pensaba yo, por su tipo autista. Se puede quedar pegado en una parte de la conversación aunque ya se haya saltado a otra cosa, hace rato. Canta a gritos sin importar donde esté, en cualquier momento. Cosas así. Todavía las hace. En esa época yo tenía otro amigo. Un tipo pequeño que ahora es casi un magnate. Un caso curioso, creo que va bien explicar su historia para seguir con el tema de los contrastes que comencé en el capítulo anterior:
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Hijo bastardo de un libanés. Vivía con su madre, una mujer inteligente, que mezclaba astucia y bondad sin que nadie se diera cuenta (de la astucia).
En el día, cuando éramos adolescentes, el magnate muchas veces se iba a la casa de su padre donde, oficialmente, era bien recibido.
En tercer año de la secundaria su padre murió y la familia oficial le giró la cara, negó la filiación, usó abogados, lo desheredó. Aquello jodió mucho al magnate, lo marcó. El magnate dejó el liceo al año siguiente, uno antes de la graduación, no sé si por razones académicas o económicas, o un poco de cada cosa, supongo. Estudiábamos en un colegio caro y quizá su bajo rendimiento decidiera a su madre a reducir gastos o, pensándolo mejor, puede que su padre pagara antes el colegio.
Mantuvimos el contacto y luego nos reencontramos en la universidad, en el primer año de la carrera de leyes. El magnate tenía un Jeep descapotado, negro y naranja, destartalado, que me sirvió de inspiración. Yo me compré un Jeep blanco, mucho menos estruendoso a la vista pero no al oído, porque por dentro estaba aún peor.
El magnate dejó la universidad comenzando el segundo año de la carrera. No estaba hecho para los estudios. La suya era la cultura de la calle. Se fue a vivir a California con un tío a quien quería mucho, hermano menor de la madre, que vivía en Los Ángeles haciendo no sé qué.
el amor es un producto patrocinado por los fabricantes de condones (continuación)
Otra vez el insomnio. Y hoy no es la comida, no cené. Me quedé frito temprano, a las ocho. A medianoche me despertó el futuro. Sin ahorros, sin trabajo, sin un sitio claro donde dormir. He pensado que para olvidar el futuro lo mejor es caminar hacia el pasado. Aprovechar el material guardado, los buenos ratos, las nimiedades graciosas, las gilipolleces que hacen feliz.
Por ejemplo, recordar cómo vendían, esta mañana, en la calle, pedazos secos de animales. Pieles de serpiente; cuernos de rinoceronte; caballitos de mar, a granel, miles de ellos, tiesos, tirados sobre unos plásticos azules; hongos negros, gigantes, aterradores; exquisiteces de la medicina china tradicional. Pero lo mejor, lo más memorable, eran las garras de tigre, amputadas. Tendones y huesos arriba, las garras, abajo, y la piel, mostrando que eso fue parte de un tigre de Bengala. Más de veinte garras, conté, en total. Cinco tigres, por lo menos.
Reponiendo el stock semanalmente, y suponiendo otros diez mercados parecidos, como mínimo, en todo el mundo, tienen para acabar con los tigres en unos pocos años, calculo yo. Después, ya no sé qué venderán. Habrá que cambiar el género, digo. Entrar a formar parte de la familia Avon, quizá, esa que vende ampollas para las arrugas y cremas contra el embellecimiento. Así no abandonan el sector, los vendedores, no pierden a su clientela ganada con los tigres y la medicina tradicional.
Y aquí estoy, otra vez, pensando en el futuro, jodida álgebra de los tigres y los laberintos monetarios.
Mi amigo, medio dormido, me pregunta si está roncando.
--Deja el pedo, ya te diré cuando no me dejes dormir.
--Es para saber en qué posición ponerme.
Y es que en Australia mi amigo vive recogido por una italiana que lo quiere follar. Le ha puesto una cama dentro de su habitación, la italiana. Mi amigo no tiene habitación, su mujer también le ha dado la patada en el culo, o él a ella, más bien, dice que se aburría, él. Pero a mi amigo no le gusta la italiana que lo acoge, aunque alguna vez le dio unos besos, borracho, dice, para justificarse. Es raro ese desgano, porque mi amigo es capaz de follar con lo que sea. No le gusta la italiana, no sé por qué. Dantesca, Gorgona, debe de ser. El hecho es que la italiana ya le dijo algo de los ronquidos, y mi amigo no se quiere ir, porque entonces tendrá que pagar una habitación, buscarse un piso. Y él tampoco tiene trabajo, ni ahorros, aunque sí unos padres millonarios, o algo así. Con ellos, mi amigo no tiene que irse al pasado para olvidarse del futuro. Prefiere callarlo a fuerza de ronquidos.
*
La onda mueve.
La onda es la forma que mejor se propaga por el espacio. Todos los peces y reptiles se mueven siguiendo ondas transversales laterales de su cuerpo, todos los mamíferos acuáticos lo hacen siguiendo ondas transversales verticales y muchos gusanos siguiendo ondas longitudinales. Las ondas electromagnéticas, como la luz (composición de dos transversales) o las sonoras (longitudinales) propagan información sin necesidad de desplazar materia. Las propiedades de una onda (amplitud, frecuencia y timbre) definen la calidad de un sonido musical, de una luz o de la estructura de las ondulaciones que dejan en la arena las olas de mar. Las fachadas ondulantes del arquitecto Gaudí crean la ilusión de que el edificio se mueve.
Bivalvo. Pez aguja.
Arpa. Cuerdas de guitarra.
Por ejemplo, recordar cómo vendían, esta mañana, en la calle, pedazos secos de animales. Pieles de serpiente; cuernos de rinoceronte; caballitos de mar, a granel, miles de ellos, tiesos, tirados sobre unos plásticos azules; hongos negros, gigantes, aterradores; exquisiteces de la medicina china tradicional. Pero lo mejor, lo más memorable, eran las garras de tigre, amputadas. Tendones y huesos arriba, las garras, abajo, y la piel, mostrando que eso fue parte de un tigre de Bengala. Más de veinte garras, conté, en total. Cinco tigres, por lo menos.
Reponiendo el stock semanalmente, y suponiendo otros diez mercados parecidos, como mínimo, en todo el mundo, tienen para acabar con los tigres en unos pocos años, calculo yo. Después, ya no sé qué venderán. Habrá que cambiar el género, digo. Entrar a formar parte de la familia Avon, quizá, esa que vende ampollas para las arrugas y cremas contra el embellecimiento. Así no abandonan el sector, los vendedores, no pierden a su clientela ganada con los tigres y la medicina tradicional.
Y aquí estoy, otra vez, pensando en el futuro, jodida álgebra de los tigres y los laberintos monetarios.
Mi amigo, medio dormido, me pregunta si está roncando.
--Deja el pedo, ya te diré cuando no me dejes dormir.
--Es para saber en qué posición ponerme.
Y es que en Australia mi amigo vive recogido por una italiana que lo quiere follar. Le ha puesto una cama dentro de su habitación, la italiana. Mi amigo no tiene habitación, su mujer también le ha dado la patada en el culo, o él a ella, más bien, dice que se aburría, él. Pero a mi amigo no le gusta la italiana que lo acoge, aunque alguna vez le dio unos besos, borracho, dice, para justificarse. Es raro ese desgano, porque mi amigo es capaz de follar con lo que sea. No le gusta la italiana, no sé por qué. Dantesca, Gorgona, debe de ser. El hecho es que la italiana ya le dijo algo de los ronquidos, y mi amigo no se quiere ir, porque entonces tendrá que pagar una habitación, buscarse un piso. Y él tampoco tiene trabajo, ni ahorros, aunque sí unos padres millonarios, o algo así. Con ellos, mi amigo no tiene que irse al pasado para olvidarse del futuro. Prefiere callarlo a fuerza de ronquidos.
*
La onda mueve.
La onda es la forma que mejor se propaga por el espacio. Todos los peces y reptiles se mueven siguiendo ondas transversales laterales de su cuerpo, todos los mamíferos acuáticos lo hacen siguiendo ondas transversales verticales y muchos gusanos siguiendo ondas longitudinales. Las ondas electromagnéticas, como la luz (composición de dos transversales) o las sonoras (longitudinales) propagan información sin necesidad de desplazar materia. Las propiedades de una onda (amplitud, frecuencia y timbre) definen la calidad de un sonido musical, de una luz o de la estructura de las ondulaciones que dejan en la arena las olas de mar. Las fachadas ondulantes del arquitecto Gaudí crean la ilusión de que el edificio se mueve.
Bivalvo. Pez aguja.
Arpa. Cuerdas de guitarra.
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