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sábado, 20 de diciembre de 2008

nueva york: edificios






viernes, 19 de diciembre de 2008

el amor es un producto patrocinado por los fabricantes de condones (continuación)

Experimento: un tipo posa para la cámara, apoyado en su fusil, rodeado por una docena de negros muertos sobre una carretera ancha. Detrás del tipo, a varios metros, una ametralladora sobre una especie de trípode. Cerca de algunos cadáveres hay fusiles caídos. Marine posant devant son "tableau de chasse" en Haïtí, 1915. Bettman Archives; en el pie de foto.
Con este experimento se demuestra que sí, que muchas veces una imagen dice más que setenta y ocho palabras. No se demuestra nada más.

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Patada en mi culo y comienzo de su relación con el hombre perfecto. Mi amor recurrente desapareció. Yo seguí con mi vida y mi futuro prometedor, aunque cada vez menos. Menos futuro y menos prometedor, digo, porque la relación con mi novia perfecta comenzó a enfriarse, paranoicos sexuales por la supervisión de sus padres bien pensantes y por los impulsos de mi sociopatía.

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Experimento: tres tipos presentan un concierto de jazz. Violín, contrabajo, y un artilugio parecido a un laúd pero con una manivela. Ruiditos. De jazz nada, esto intenta ser música académica contemporánea, pero sin el folleto que explica de qué va la vaina. Se sobrentiende, por las payasadas hechas, que realizan una exploración de los sonidos que pueden sacarse a los instrumentos por todas partes, menos por donde es. La noche de ligar con la francesita, hablar con su amiga venezolana, y entre cuatro y seis vodkas, pasa factura: un sueño como un pozo. Escribir para no dormir. En el techo, en desorden, caras pintadas color rojo sangre, fotográficamente: jim morrison mozart jimi hendrix duke ellington no sé quién benny goodman edith piaf no sé quién ray charles billie holiday elvis presley no sé quiénes muchos por ese lado charlie parker cab calloway bob dylan ella fitzgerald no sé quién dizzy gillespie thelonious monk haydin scarlatti john coltraine alguien que podría ser olivia newton john pero no creo marlene dietrich john lennon, en conclusión, nadie que haya hecho nada parecido a lo que están haciendo estos tipos hoy. La mujer sentada al frente mueve los dedos como una tijera en una seña vieja; el del artilugio con manivela dice que harán una pausa corta. Para la siguiente pieza, después de la pausa, se afina, aunque no se use. La música se mezcla con la afinación, parece que intencionalmente. Se cae el papel que había puesto el contrabajo entre sus cuerdas. No pasa nada, no se nota. Hay un tipo grabando con micrófonos serios, registro histórico, para alguna biblioteca especializada en no sé qué. Hay una chica que sonríe siempre y a veces mira. También miró, con lascivia o amabilidad (la pregunta quedará en el aire), a uno de los músicos cuando pasó frente a ella en el descanso. En el siguiente garabato acústico el violín encuentra unos ruiditos que están bien, medio liguetianos. Del artilugio de la manivela cuelga un arco de madera, antes no estaba; tampoco se sabe si sirve para algo. Fin del concierto. Aplausos insuficientes para un bis.
Con este experimento se demuestra que se puede sacar música hasta de un trapo, siempre que se tengan los criterios suficientemente abiertos. Se demuestra también que la culpa no es del cochino, sino del que lo alimenta.

ontario: bosque





el amor es un producto patrocinado por los fabricantes de condones (continuación)

Alguna vez me fui con la moto que le había comprado al padre de mi novia hasta una ciudad intermedia. Ella me estaba esperando en la estación de autobuses. En la moto, llegamos a un pueblo turístico y nos instalamos en un motel de carretera puesto allí para que la gente folle un par de horas, escondiéndose de padres, suegras, maridos, esposas, vecinos, conocidos y amigos, huyendo del público en general. El tipo de la caseta de la entrada, sonriendo, nos dejó ocupar la habitación varios días seguidos, atentando contra la moral y las buenas costumbres del hotel. Podíamos, incluso, llevarnos la llave cuando el hambre nos hacía dejar la cama y salir a buscar el restaurante más cercano, porque lo que queríamos, en realidad, era seguir en el hotel.

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Experimento: se coge un trozo de madera y, usando un cuchillo, se le da forma humana. Se deja en la figura un agujerito en la boca y otro a la altura aproximada del ombligo; se incrustan, en estos agujeritos, sendos cilindros de madera con cabeza redondeada, como clavijas de violonchelo. Se amarra, a la clavija del ombligo, el extremo de una cadena que da vueltas alrededor del muñeco. Además de la cadena, se rodea a la talla con cuerdas, trapos, candados, y todo lo que pueda servir para acentuar el carácter del fetiche. Se coloca, no se sabe cómo, una cerradura en el pecho del idolito, incrustada entre las cuerdas, los trapos, los candados, y todo lo que haya servido para acentuar el carácter del muñequito. Se deja al fetiche así como está.
Con este experimento se demuestra que el arte primitivo es rico en ideas, libre en su ejecución, y efectivo en sus resultados; en resumen, que el arte primitivo, de primitivo, casi nada. Se demuestra también que el anonimato es una mala opción para los autores desde el punto de vista de los mercados del arte, pero va de puta madre como liberador en el proceso creativo.

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La habitación del motel tenía jacuzi, ducha con hidromasaje, y espejos por todas partes; no hubo uno que no nos reflejara follando en posición de perrito; lamiéndola abajo mientras le acariciaba los pezones con la punta de los dedos; tragándose mi polla hasta la garganta; sentada conmigo adentro acariciándose el clítoris; moviéndose sobre mi polla mientras yo metía la punta del dedo en su culo; con las piernas abiertas, y yo de pie, en una mesa que casi desvencijamos; saliendo a último momento para correrme sobre sus tetas; moviendo mi polla en su boca, con las rodillas junto a sus hombros, mientras ella se masturbaba; acostada ella sobre mí con su sexo en mi boca y el mío en el suyo, etc.
Después de follar hablábamos, desnudos, de espaldas a la cama, o abrazados, su cabeza sobre mi pecho contándome su vida, su infancia, las complicadas relaciones con su padre, la inestabilidad en su niñez, el paso de la opulencia a la escasez, y otra vez la opulencia y otra vez la escasez, hasta que el padre se fue, desapareció, sin darle explicaciones a sus tres hijas. Luego vinieron sus años en la escuela para niñas de papá, reduciendo a fuerza de simpatía la brecha económica que la separaba de sus compañeras de clase; y entonces la universidad, con uno de los mejores promedios de su promoción.
A mí me hacía hablar de películas, de música, de mi forma de ver las cosas; también un poco de mi vida, del pasado, no del presente, porque le dolía que yo tuviera mi novia y mis cosas aparentemente organizadas, en un diseño donde ella se sentía extraña, más bien anexa, pero de alguna forma accesoria, prescindible, fortuita, temporal.
Y fue esta sensación que la llevó, finalmente, a decidir montarse su vida por otro lado, sin mí.
No tardó en llegar un tipo aparentemente perfecto: educado, guapo, hijo del dueño de una clínica privada prestigiosa en su ciudad. Me dijo por teléfono que estaba confundida, yo le respondí que no podía ayudarla a decidir, o algo parecido.
Al día siguiente, llorando, me explicó que ella no se sentía bien sabiendo que yo tenía novia, que me quería mucho, pero no podía seguir así. Patada en el culo.

nueva york: gramercy





miércoles, 17 de diciembre de 2008

el amor es un producto patrocinado por los fabricantes de condones (continuación)

Experimento: a un negro se le condena a morir en la hoguera por pretender hacer hablar a un muñeco de madera. El gobernador le señala, sarcástico, al negro, antes de la ejecución, que por qué no hace hablar ahora a su muñeco. El negro le responde que al muñeco no, pero sí a ese perro que anda por allí. El gobernador, con su sarcasmo habitual, ordena que suelten al negro para darle la oportunidad de hacer hablar al perro. El negro celebra unos ritos alrededor del animal y luego le pide al gobernador que se acerque. El gobernador se inclina junto al perro y, de una voz débil, pero clara, escucha ciertos detalles de la fecha de llegada y la tripulación de un barco que viene desde Francia. El gobernador ordena quemar al negro y se va para su casa, extrañado. Días después llega el barco y el gobernador comprueba que, efectivamente, todo lo que había dicho el perro es verdad.
Con este experimento se demuestra que no puedes huir de la muerte, aunque hagas magia. Se demuestra, también, que las gracias y los chistes a destiempo suelen traer penas, más que alegrías.

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Después de nuestra primera luna de miel comenzamos a usar el teléfono además de las cartas. La cosa fue cada vez a más, hasta el punto de que mi madre me obligó a pagar la factura de teléfono.

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Experimento: una manzana filmada va río abajo; un río turbulento, con rocas, remolinos, etc.; por eso la manzana no se detiene, sigue río abajo, siempre, mientras suena, de fondo, no el ruido del agua, sino un jazz antiguo; una música alegre que pretende congeniar con la manzana, que va río abajo, siempre. El espectador se pregunta cuántas cámaras fueron usadas para filmar la manzana o si, más bien, fueron pocas, llevadas por camarógrafos atletas, dispuestos a ir río abajo persiguiendo a la manzana, ubicándose en relevo, filmando unos segundos, cogiendo la cámara, volviendo a correr (lógicamente, para que esta opción sea válida, se necesita que la velocidad de la corriente del río sea menor a la velocidad media de desplazamiento del camarógrafo, algo improbable, por lo que muestra la manzana que va río abajo, siempre); mientras tanto la música, que tampoco parece querer detenerse, se alarga con el río, quizá manipulada electrónicamente. El espectador se pregunta cómo la manzana llegó hasta el río, porque cuando entró a la sala ya la manzana existía. La manzana sigue río abajo, siempre. El espectador quisiera saber si no lo estarán timando. La manzana parece detenerse en un remolino, pero finalmente sigue río abajo, siempre. El espectador compara el asunto de la manzana con otro que verá luego, en el que un bebé filmado duerme en una cuna durante diez minutos, sin música de fondo. La manzana sigue río abajo, siempre. El espectador se pregunta si la manzana acabará llegando a algún lado, pero nunca lo sabrá, porque se levanta, echa un ojo al público, y sale, mientras la manzana sigue río abajo, siempre.
Con este experimento se demuestra que origen y destino son, siempre, una incógnita, por más vueltas que se de al tema. Se demuestra, también, que con una idea mediocre, pocos medios, y muy buenos contactos, se puede ocupar un espacio en uno de los grandes centros mundiales del arte contemporáneo.

paris: metro