WORK IN PROGRESS

viernes, 8 de agosto de 2008

www.piedepagina.com

Desde hace unos cuantos meses un autor peruano, llamado Diego Trelles, ha estado preparando una antología de escritores latinoamericanos nacidos entre 1970 y 1980. Sé, por lo que he visto, que la selección es bastante completa y se basa en criterios literarios, no de amistad (por ejemplo, yo mismo no conocía al autor de la antología antes de que me pidiera los textos). Estoy seguro de que vale la pena darle una vuelta, hay varios textos buenos y es una manera fácil de saber qué está escribiendo esta generación. El vínculo a la página es:
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jueves, 7 de agosto de 2008

amsterdan: gente





benin: aldeas




sin titulo: fragmento

Al día siguiente había que salir a pescar pero amaneció lloviendo. Tratamos de entrar al mar varias, muchas veces, y siempre las olas nos devolvieron. Una pequeña barca que también intentaba salir de pesca se volteó, las olas llevándose las redes, los remos, lo que había adentro, los pescadores nerviosos tratando de recuperarlo. El jefe desistió y devolvimos la barca a la arena. Los pescadores regresaron a la casa callados; el jefe preocupado. En un sitio escondido del patio había un pequeño fetiche; le pusieron comida y aguardiente, le dijeron no sé qué, pregunté, es para que el mar se calme.
Como la lluvia y el mal tiempo parecía que iban a quedarse un buen rato, me preguntaron si quería acompañarlos a un pueblo donde tenían familia, en la frontera con Togo. En la tarde cogimos varias bolsas grandes, el jefe un bidón de combustible, y unas moto-taxis nos pusieron en la carretera que pasaba por Ouidá. Esperamos un rato hasta que llegó una camioneta de carga que nos juntó a una docena de personas en un cuadrado metálico, sin ventanas, pero con la puerta abierta. El jefe no me dejó pagar. Llegamos acabando la tarde; el que hablaba francés me presentó a su mujer y a su hija. Pasamos a la casa del jefe que me presentó a su madre. Akué cacá. El resto de la noche compartiendo botellas de aguardiente de palma con un grupo de pescadores. Dormí en el patio de la casa del que hablaba francés, que quiso quedarse a mi lado, pero lo convencí para que se fuera a dormir con su mujer, que tenía no sé cuántos días sin verlo.
Al día siguiente, en la mañana, el que hablaba francés me llevó a conocer al alcalde; un tipo que vivía en una casa grande estilo occidental: cocina, televisión, baños, garaje, etc.; por la casa circulaba una especie de mayordomo y había una mujer en la cocina; de vez en cuando llegaba alguno a pedir favores. El alcalde me preguntó de dónde venía, me dijo que él iba a Europa casi cada año, en resumen, se hizo el importante. Después del alcalde el que hablaba francés me presentó a más familiares y, a mediodía, me llevó donde un pescador de mirada inteligente y trato agradable; su casa, la típica de bloques, techo de zinc, y piso de arena, estaba llena de gente sentaba en semicírculo mirándonos, y en la puerta un grupo de niños asomados; el pescador, usando al que hablaba francés, me dio la bienvenida hablando suave y me contó un poco sobre el pueblo; la gente escuchaba en silencio. Al salir, le comenté al que hablaba francés del contraste que había visto entre los dos hombres; la ostentación de uno contra la sencillez del otro; el desfile de gente pidiendo favores en la casa grande y el grupo de personas sentadas en silencio frente al pescador; el alcalde haciéndose el importante y el otro natural. El que hablaba francés me miró, sonrió, y no dijo nada.
En la tarde pasamos en una canoa de madera un río que era la frontera con Togo. Fuimos al mercado donde la mujer del que hablaba francés estaba sentada vendiendo. Alrededor, el movimiento del mercado. Los vendedores sentados bajo los techos plásticos sostenidos por palos, los compradores regateando precios, los vestidos de colores, el olor a pescado, los niños, los perros, y las moscas, acabando el cuadro. Afuera, de regreso, una especie de showman sostenía unas láminas con dibujos básicos de hombres con manchas en la piel, mujeres con zonas del cuerpo hinchadas, viejos y niños en cama, siempre con cara de desgracia; mostraba una píldora y decía no sé qué; bajaba el cartel, cogía otro, explicaba, mostraba la misma píldora.

domingo, 3 de agosto de 2008

amsterdan surreal




sin titulo: fragmento

Al día siguiente subí a Ouidá, a media hora caminando sobre un puente que atraviesa unas marismas, bordeado de esculturas de dioses animistas hechas por artistas africanos contemporáneos, supongo que pagados por la UNESCO, que montó la Porte de non Retour para celebrar no sé qué aniversario de la esclavitud, en los años noventa. Además de la Porte y las esculturas hay un Museo de la Esclavitud, en el antiguo fuerte de los portugueses, y convirtieron en parque con área para turistas un trozo de selva usado para las ceremonias de iniciación de los chavales. El Bosque Sagrado, que así lo llaman, es uno de los lugares con más charm que he conocido: selva virgen de vegetación cerrada y árboles gigantes; esculturas de dioses africanos hechas con trozos de coches; silencio, y un no sé qué especial. Lo malo es que cuando tratas de salir de la zona de turistas viene alguien y te dice que te devuelvas, que por allí no puedes pasar.

En el pueblo, Ouidá, hay fetiches en cada esquina, y en las afueras, en las aldeas de la selva, se oyen los tambores de tarde y de noche. Entre la gente de África occidental Ouidá es famosa por el vudú.

Regresando me perdí, no reconocía la casa de los pescadores y, cuando le estaba preguntando a unos tipos parados frente a una puerta, llegó, corriendo, la hija del jefe, haciéndome señas para que la siguiera, pero sin acercarse.

Cuando entré a la casa del jefe el que hablaba francés me dijo que no me acercara a esa gente, porque eran brujos, gente mala, que si querían podían hacerme daño:

--Ustedes los blancos tienen el fusil con balas; aquí tenemos el fusil africano; si un brujo quiere, te puede meter cosas en el cuerpo para que te enfermes y te mueras.

Me dijo que había visto cómo los curanderos le sacaban del cuerpo a la gente piedras, trozos de animales, tornillos; que cuando un brujo te dispara el fusil africano primero te da fiebre y, si no viene rápido el curandero, te mueres; el curandero mete la mano por la zona del hígado, te saca lo que tengas dentro, y luego te cierra; después te pasa unas hierbas y no te deja ninguna marca.

--Yo me quedé con ganas de ver a los fetiches pequeños, vi los grandes, pero el día en que había ceremonias con los fetiches pequeños no pude ir, estaba en la cama enfermo.

--Si quieres averiguo cuándo bailan fetiches por aquí cerca.

Le volví a preguntar por los brujos:

--Los brujos se convierten en animales, se paran en los árboles, vuelan, pero si los ves, te enfermas y mueres. No los puedes ver.

--¿Y qué otras cosas hacen?

--Pueden apagar un equipo de sonido así, a distancia. Y tú vas y lo enciendes y ellos lo vuelven a apagar; yo lo he visto.

viernes, 1 de agosto de 2008

paris: glamour