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sábado, 10 de marzo de 2007

martes, 6 de marzo de 2007

guia de barcelona para sociopatas (fragmento)

Al ver las dos torre negras, plásticas y ya un poco demodé de La Caixa que están cerca del Corte Inglés recordé que, hace diez años, cuando vine por primera vez a Barcelona y las torres aún no parecían tan pasadas de moda (acababan de inaugurarlas), estuve a punto de dormir en un youth hostal cercano que ahora no sé si existe, espero que no.
Había dejado mis cosas en una habitación por la que pagué para olerle los pies a otros siete carajos. Como no me gustaba el olor a pie por el que había pagado salí a dar un paseo. Le pregunté al portero de una discoteca privada si podía pasar. Me dijo que no, que para eso la discoteca era privada, para que yo no pasara. Perfecto, muchas gracias. Entré a un centro comercial (¿La Illa?) y me senté en una terraza interior. Le pregunté a dos catalanas sentadas en una mesa cercana a dónde podía ir. Me dijeron que si quería fiesta tendría que haberme quedado en Madrid, porque en Barcelona la gente sólo piensa en el trabajo, ¿de verdad?, ¿es tan así?… y como las dos estaban bastante buenas se me ocurrió seguir hablando con ellas.
Miré el reloj. Tenía que regresar al albergue antes de la medianoche, cenicientamente, y eran las diez y media. Seguimos hablando. Al rato, volví a mirar el reloj. Otra vez las diez y media. La mierda, al reloj le había dado por joderse justo en ese momento. Regresé casi corriendo al albergue. Habían cerrado. Hundí desesperado el botón del timbre. Nada. Estaba en la calle. Todas mis cosas encerradas dentro del albergue. La cagada. Miré a ambos lados, no había patrullas ni luces ni sirenas ni mierdas y salté la pared. Adentro, me encontré con que la puerta del edificio de las habitaciones estaba cerrada.
Hacía un frío de mierda y estaba lloviznando. Entré al baño que, por suerte, seguía abierto. Me acosté en el suelo. El piso estaba más frío que el aire. Cogí las cajitas plásticas de los rollos de fotografía que tenía en el bolsillo de la chaqueta y me preparé una cama aislante estilo fakir. Una cajita en cada muslo, dos en las nalgas, tres en la espalda y los hombros, y otra cajita en la cabeza.
Nada, imposible. Demasiado dura la noche del fakir. Me levanté. Estuve escuchando una radio pequeña que había traído de V. Salté un rato para quitarme el frío, pero me caía de sueño porque había pasado todo el día viajando.
Me senté en el lavabo rodiniano, apoyé el mentón en una mano y muchos pensamientos después llegó la mañana.
Todo se llenó de adolescentes franceses.
Los que dirigían el hostal necesitaban las habitaciones para meter a los adolescentes franceses. Mandaron a la mierda a todos los usuarios. Yo, en cambio, me fui por mi propio pie.

Al día siguiente, saliendo del Corte Inglés de Plaza Cataluña, donde había entrado para saber por qué carajo, cuando veníamos de viaje, a mi madre le gustaba tanto este antro de mierda, se me acercó un tipo de apariencia normal que me pregunto:
—Eres turista, ¿no? Me di cuenta por el plano que llevas en el bolsillo de atrás del pantalón. ¿Quieres conocer un bar adonde se reunían Picasso, Miró y toda esa peña? El bar queda por aquí cerca. Oye, no te preocupes, me llamo Joan, aquí está mi credencial, soy funcionario de la Generalitat.
El bar. Dos pisos y una pequeña biblioteca, decorado todo con muy buen gusto. He intentado, siete años después, localizar al bar, pero no he podido, si alguien sabe dónde está que me avise. No es Els Cuatre Gats, estoy seguro.
En el bar, el tipo, Joan, primero me dijo que alquilaba una habitación y al rato soltó.
—Te estarás preguntando por qué te invité a venir. Bueno, es que soy bisexual y te quería pedir una cosa. No es nada importante, sólo quería pedirte que me dejaras comerte la polla.
¡Joder!
—La verdad es que nunca me ha llamado la atención la vaina homosexual. Nunca he tenido experiencias, ni sueños, ni especial curiosidad.
—Vale… espero que esto no cambie lo del alquiler del cuarto.

Estuve un mes en la habitación alquilada y, el día en que salí a Ámsterdam, Joan se despidió:
—Qué lástima que te vayas, todavía tenía esperanza de que folláramos alguna vez. Bueno, toma mi teléfono. Si te pasa algo me llamas, aunque lo más probable es que te mande a tomar por culo.

He intentando, siete años después, localizar a Joan, pero no he podido, si alguien sabe dónde está que me avise, coño. Vivía en la calle Joaquim Costa, en el primer o segundo piso del número no recuerdo cuál, el cuarenta o cincuenta y algo, me parece. Trabajaba como asistente social de la Generalitat, ayudando en la regeneración de gente desmadrada por la mala vida. Quizá lo matara el SIDA, decía que nunca usaba condones, ni siquiera en las saunas ni en los cuartos oscuros de las discos del Gayxample. Si alguien sabe algo, mi correo electrónico está entre los anexos de este libro, creo.

baisha: supervivientes de la guardia roja





baisha: monasterio de los frescos





sábado, 3 de marzo de 2007

guia de barcelona para sociopatas (fragmento)

Descubrí que:
—Un alto porcentaje de la población de la zona lleva la dentición completa, o así lo parece, y que mientras se desciende por la Diagonal el conjunto de la población va perdiendo piezas dentales, decoro, y dinero en los bolsillos.
—Los indígenas de la tribu de Pedralbes habitan edificaciones individualizadas, con espacios vacíos entre ellas donde ubican señales de carácter simbólico, probablemente mágico/religioso, que rezan «No trepitjar la gespa», o dibujos simplificados asimilables a la tradición de arte parietal europeo, que representan, normalmente, a cánidos cagando. Las edificaciones de Pedralbes, aunque de varios pisos de altura, no muestran los desperfectos estructurales que se observan en otras zonas del asentamiento, donde muchas viviendas tienen ganas de venirse abajo. A falta de terreno cultivable los balcones de los apartamentos se utilizan para sembrar plantas, lo que probablemente constituye la única fuente de alimentación de sus moradores, depauperados en un hábitat evidentemente superpoblado.
—Los indígenas de Pedralbes deambulan de dos maneras contrastantes, según la edad. Los más jóvenes adoptan cierta actitud inquieta, señal de los desequilibrios internos que, en la lengua local, se denominan «ir de culo». Los otros se pasean con gran parsimonia, como si se encontraran en los jardines de unos palacetes que no tienen. Independientemente del modo de deambular, todos lo hacen con una mano junto a una oreja y hablando solos con un acento difícil de entender, usen la lengua que usen.
—Alrededor de un diez por ciento de la muestra habita viviendas ubicadas al mismo nivel que la calle. A estas viviendas se puede acceder libremente, ya que, al parecer, sus moradores están interesados en compartir su intimidad con los viandantes. Esta extraña actitud lleva a extremos tales como la utilización de vidrio translúcido en las paredes, o la colocación de carteles llamativos que invitan a pasar dentro. El método tradicional para atraer a los semejantes consiste en saturar el espacio con objetos inverosímiles de los que cuelgan etiquetas con un número cualquiera, generalmente demasiado alto. Es paradójico el hecho de que, precisamente, estas etiquetas espanten a los ciudadanos que, muy de vez en cuando, se introducen en estos curiosos habitáculos. En la mayor parte de los casos los moradores de estas viviendas desarrollan conductas monomaníacas, que se evidencian por la acumulación de un mismo tipo de objetos en toda la vivienda, por ejemplo, alfombras para baño, estatuillas chinas o películas para tontos del culo.
—Otro rasgo destacado de la tribu de Pedralbes es su predisposición a repartir el pan solidaria y equitativamente. Cada mediodía estos nativos acuden a espacios colectivos donde, con alegría pero sin perder el decoro, el anfitrión redistribuye los alimentos que hace llegar de otras zonas más prósperas del mundo. Esta misma tendencia al igualitarismo y la generosidad se muestra cuando recompensan a las estatuas vivas que alegran la vida de la tribu, a pesar de la poca originalidad en las ideas desarrolladas por las estatuas, todas sometidas a un mismo patrón: arrodillarse detrás de un cartelito que dice «TENGO CINCO HIJOS. NO TENGO PA COME. NESESITO COMIDA. POR FAVOR ALLUDA. QUE DIOS SE LO PAGUE». En esta zona de Barcino las estatuas vivas se concentran en unos pocos metros cuadrados, específicamente frente a una enorme vivienda de varios pisos habitada por un no sé qué británico quien, además, tiene otra casa un poco más abajo.
—La familia de este personaje inglés es sorprendentemente numerosa y, a pesar de la mala hostia que la caracteriza (Nota: posible tema de estudio, el factor genético en la mala leche de los habitantes del Corte Inglés), cada uno de ellos pasa el día y parte de la noche atendiendo a los viandantes que, en masa, acuden a visitarlos. Parece ser que la diversidad de los objetos acumulados y la predisposición de su propietario a donarlos recibiendo a cambio un regalo simbólico en forma de circulante, convierten a esta vivienda en el principal polo de atracción para los indígenas de la tribu de Pedralbes y aldeas aledañas.

en el camino a baisha




viernes, 2 de marzo de 2007

Guia de Barcelona para sociopatas (fragmento)

En una mesa de un bareto, en Gracia, estábamos comentando el concierto de Messiaen cuando, no sé cómo, saltó a la conversación el antiguo profesor de acordeón de Antonia:
—Ese maestro Casas es un personaje interesante, es un viejito enano y flaco, de aquí de Cataluña, que tiene toda la vida allá —dije yo, mirando a Clara.
—Se fue por lo de la guerra —Antonia.
—Compone unas cosas stravinskeanas no tan malas… creo que tiene mucho futuro, pero el problema es que ya se va a morir —yo.
—¡Cónchale, no digas eso! —Antonia.
—Joder, pero es que se está acabando, ya casi no camina y huele mal. ¿Qué edad tiene? —yo.
—¿Tú sabes que ese carajo cuando llegó allá era albañil, y comenzó a dar clases de música por una apuesta que ganó en un bar? —Slavko.
—¿Cómo es eso? —Antonia.
—Apostó que podía tocar Para Elisa con la nalgas y ganó —Slavko.
—¡Qué mentira! —Antonia.
—Eso no se puede, mojonero —yo.
—¡A pues, te lo juro poeta, el tipo tocó Para Elisa con las nalgas! —Slavko.
—¿Y tú de dónde sacas eso, quién te lo dijo? —yo.
—Mi tía, Petrica Saldivia —Slavko.
—¡Ah, la que toca la Patética con las tetas? —yo.
—Claro, esa misma, la que tocaba el principio de la Patética con una teta —Slavko.