WORK IN PROGRESS

miércoles, 5 de septiembre de 2007

collecting people: fez








martes, 4 de septiembre de 2007

sin titulo: fragmento

Luego está la serie de fotos con el graffiti de fondo, en la pared. Gente caminando, de perfil, sin saber de las fotografías. La serie sigue en París, y en Fez, y todavía tengo que hacer la de Barcelona. Collecting people, es el nombre de la serie, no sé para qué.

El graffiti en la pared fue hecho con pintura roja. No sé qué dice, propaganda comunista, supongo. Pensamientos del librito rojo del Superñoño. Aquello de que es el pueblo quien hace la historia, y que en la lucha de clases unas clases son exterminadas y otras se levantan, y para acabar con un cañón hay que usar otro cañón, y no se puede descansar en la guerra contra los perros capitalistas, porque no se irán solos, como no se va el polvo que deja la escoba, y aunque su destino ya está cantado, por la Historia, y sus líderes, tigres de papel, caerán como cayó Hitler, etc.

Mi preferido es aquél donde el Gran Ñoño dice que ha sido testigo de la tremenda energía de las masas, y que basándose en ella puede realizarse cualquier tarea, en cualquier momento, regresar al poder, descabezar al gobierno, ubicar a su gente, desgraciar a cualquier criatura pensante, liberar la violencia histérica de un par de miles de mamones y desmadrarlo todo, sin ninguna vergüenza, en una Gigantomaquia pedorra, de paletos envalentonados, pocos años después de matar de hambre a varias decenas de millones de campesinos, casi diez veces más muertos que judíos en la Segunda Guerra, con su Gran Salto Adelante, la peor decisión de gobierno de la historia china (y hay muchas cagadas registradas, en una historia tan larga), demostrando lo bueno que era con los nombrecitos, el camarada Mao, llamar Gran Salto Adelante a eso, me gustaría saber qué habría pasado si se le ocurre lanzar el Gran Salto Atrás, pero es así, el tipo no sólo era sabio aniquilando al pueblo, sino el sentido de las palabras, le quedó de puta madre, también, aquello de “Revolución Cultural”, y hacer desaparecer, en una década, lo que había durado milenios, sobreviviendo a mongoles, portugueses, holandeses, franceses, ingleses, japoneses, norteamericanos y otras gentuzas que pasaron por acá, cargarse el patrimonio nacional con ese nombre, está muy bien, el tipo, ya se ve, experto del engaño, dueño de la ironía, maestro de la mentira, tenía todo para ser un excelente narrador, comenzando con el cinismo amoral y acabando con ser una cagada, como persona, algo que es harto importante y siempre va bien, en estos medios.

beijing: munecos





lunes, 3 de septiembre de 2007

sin titulo: fragmento

Hay gente jodida, por aquí. Jodida de verdad, no las pendejadas que se ven en Europa, de una pierna menos, un brazo corto, gilipolleces de esas, importadas de los Balcanes. Los jodidos locales superan todas las expectativas, todo lo imaginable. Hace un momento vi a un monstruo de verdad. Mejor que cualquier película. Los dos pies miraban hacia adentro, se tocaban las puntas, por delante. Y las manos no estaban muy lejos, en cuanto a diseño. Pero no era eso lo importante, era la cara, hinchada, tensa, como a punto de explotar. Los ojos en blanco y como con ganas de salirse. No sé qué coño puede ser, pero el tipo lo debe tener difícil, esto de vivir. Creo, por suerte, que no se da mucha cuenta de nada. Me parece que era un poco bobo, también. Supongo que vendría así de nacimiento. Y ya se ve, su padre no quiso esconderlo, aunque fuera tan feo; Urano, escucha, tienes mucho que aprender. El monstruo circulaba por la calle como si nada. Ni siquiera se tomaba la molestia de pedir dinero, para rentabilizar su estado. Tampoco se iba al otro lado de las murallas, frente al mar. Que allí se reúne la peña chunga, voluntariamente, no sé por qué, todos los días. Sólo durante el día. En la noche, entra a la ciudad, la peña chunga, pasea su alcoholismo, vende hachis, habla con las paredes, se alimenta de la basura, huele pega, cae inconsciente en el medio de la calle, orina las esquinas, se dedica a existir, a su manera, como hacemos todos, cada uno como mejor puede. En la noche, el lumpen entra a la ciudad y pasa el rato haciendo cosas de estas. Pero en el día desaparece. Se va fuera de las murallas. Hay que abrir las tiendas para los turistas, se entiende.

paris: notre dame





domingo, 2 de septiembre de 2007

sin titulo: fragmento

Para relacionarme con la población indígena entré al billar. El billar, es un decir. Más bien entré a la habitación, estilo cueva de cíclope, pero enano y negro, dónde estaba la mesa. Al lado, la venta de refrescos. Las paredes tan cerca que había un taco corto, como de niño, para la mitad de los golpes. Al momento aparecieron los gárrulos del pueblo. Unos veinte. Muchos, para las treinta casas que hay. Vinieron a ver cómo jugaba el turista español, más bien sudaca, pero quién se entera. En diez minutos el agujero estaba lleno. No era difícil, el espacio libre era mínimo. Perdí la primera partida. Gané la segunda. La tercera preferí mirar, dejar que jugaran ellos. El garito se vació. Volvió a llenarse cuando regresé a la mesa. Jugué con uno que iba de crack. Perdí, pero la partida estuvo pareja. Luego jugamos en equipo, el crack y yo contra otros dos. Y entonces me dio el clic. Ese que me viene cuando veo que se lo están tomando en serio. El clic que me lleva, inconscientemente, a cagarla con generosidad. Ya conozco la sensación, sé cuando estoy poseído, y no puedo hacer nada. La cago, a troche y moche, aunque trate de hacer las cosas bien. En realidad las hago bien, pero al revés. Por ejemplo, puedo meter una bola por banda; un tiro limpio y perfecto; pero la bola que entra no es la mía, sino la del contrario o, mejor, la bola ocho, como hice en este juego. Algo que no haría, por más que pusiera empeño, si quisiera jugar bien. Ese volverme diestro, genial, pero invertido, sólo para desmadrarlo todo, a veces me hace pensar. El instinto, el que me sale en las competencias. Mi espíritu antigrupal, supongo. A mi compañero de equipo, por supuesto, mi clic y todo esto le sabía a mierda. Se cabreó. Me dijo adiós de una forma que significaba vete a la mierda, puto guiri cara de huevo, me has hecho perder, y yo nunca pierdo. A mí me dio algo de vergüenza. De haber sabido que se cabrearía así, hubiera jugado mucho peor, en equipo, desde el comienzo.