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sábado, 23 de diciembre de 2006

Biografía

Nací en 1970, en pleno boom petrolero de un país al norte de América del Sur. Mi papá era profesor universitario y mi mamá daba clases en varios liceos. Crecí con la bonanza económica que duró hasta el inicio de mi adolescencia, en 1983. Recuerdo mi niñez llena de viajes. He escuchado que era un niño tranquilo, que pasaba el día entre mis muchos juguetes, jugando solo.

Hacia mis nueve años a mi madre se le ocurrió obligarme a salir a jugar con los niños de la calle, preocupada por mi desinterés social. Como los vecinos eran un atajo de hijos de puta, criados entre el nuevorriquismo y el caribeo, fui empujado a uno de los puestos más bajos de la manada, sintiéndome una mierda en ese entorno agresivo y cabrón. Mientras más tiempo pasaba con los colegas más quería estar solo.

En la escuela era al revés. Tenía amigos y pasaba por ser el listillo de la clase, usaba mi sapiencia para divertir a la peña ridiculizando a los profesores. Además, haber estudiado en el mismo instituto toda la vida me daba algunos privilegios, y los directores conocían a mi papá, que alguna vez dio clases en ese mismo colegio.

Fue la primera vez que tuve noción de mi duplicidad.

Como mi padre nos había acostumbrado, a mi hermana y a mí, a echarnos en su cama a escucharlo leer antes de irnos a dormir, llegué a la adolescencia con el hábito de la lectura. Esto, en el contexto, era un vicio inmundo. En una sociedad de nuevos ricos la cultura no es sinónimo de buena posición socioeconómica, sino de falta de empuje, de agüevonamiento, porque lo que triunfa es «el hombre de acción», es decir, el vivo, el pícaro.

El comienzo del bachillerato (pasados los seis años de la primaria) cambió el paisaje humano de mi curso: las tres cuartas partes de los alumnos llegaban nuevos. Como era un colegio prestigioso, muchos niños venían de familias con dinero. Fue la primera vez que noté la importancia de usar ropa de marca, de vivir en una urbanización high, o de llegar a clase en un coche de lujo. Mi familia, por supuesto, se quedaba a medias. Otra vez la jerarquía. Pensé, «a la pirámide social que la mee un perro».

Pero me di cuenta de que le gustaba a las nínfulas, sonrisitas y ojitos, parece que era guapo. Eso me salvó de convertirme en un inadaptado social, sobre todo, teniendo en cuenta mis vicios ocultos culturales. Mi facilidad de ligue le daba cabreo a muchos colegas de mi propio sexo, que a veces me gritaban vainas. Mientras mejor me iba con las colegas peor me iba con ellos. Y entonces pensé, «a los colegas que los mee un perro».

Cuando cumplí quince años el matrimonio de mis padres se fue al carajo. Mi papá tenía una amante, una profesora de la universidad, que no encontró mejor método para disolver los lazos maritales que llamar cada noche, desde las doce hasta las tres de la madrugada, al teléfono que estaba junto a mi cama. No sólo me jodieron las llamadas telefónicas, sino que mi padre, en el ambiente tenso de la casa, me usó como blanco para descargar su estrés. Hasta que se fue de la casa, cuando yo tenía diecisiete años, no paró la sucesión de castigos absurdos y de tensiones injustificadas. En el colegio, que sabían lo que pasaba, aprovechaban cualquier payasada mía, de las que siempre había hecho, para colgarme una citación de representante. Esto sólo servía para empeorar la cosa. Acabé pensando, «a mi padre y a la autoridad que los mee un perro».

En parte como escape, y en parte por el impulso sexual, comencé a tener una vida social exageradamente rica, con fiestas y jaleos de jueves a domingo. Tenía un buen grupo de buenos amigos con los que nos colábamos a las mejores fiestas de la semana y con los que me iba a la playa el domingo. Comencé a habituar los lugares de moda y a intercambiar fluidos con cierta frecuencia. Pero me enamoré como un pendejo de una rebelde que, por mi falta de greñas y de edad, se mantuvo alejada de mis besos. Toda mi sensibilidad exagerada se resintió por la frustración del amor imposible. Y pensé, «al amor platónico que lo mee un perro».

A los dieciocho años, después de desmadrar el carro que me había dejado mi papá, me compré un jeep descapotado, que en el contexto aumentaba mucho mi atractivo sexual. Una antigua compañera de bachillerato montó un teatro, con su madre como coprotagonista, para hacerme creer que la había embarazado. Mi caballerosidad, que más bien era pendejez, me llevó a firmar un contrato matrimonial sin convivencia anunciada que, a los pocos días, se declaró nulo cuando mi malamada esposa me comentó que el médico le había dicho esa mañana que no era un feto lo que tenía en la barriga, sino un coágulo. «Sinceramente no te quiero ver más nunca, he pasado los peores días de mi vida», le dije justo antes de que me cruzara la boca con una cachetada. Pensé, «a la caballerosidad que la mee un perro».

Inmediatamente me fui al otro extremo. Conocí en un taller literario de la capital a una española que me llevaba diez años de edad y muchísima experiencia de vida. Nos enrollamos en una relación para mí excepcionalmente didáctica, sexual y sentimentalmente. Contra los pronósticos, nos guardamos fidelidad durante los seis meses que estuvimos juntos. Eso me hizo pensar, «a los compromisos que los mee un perro».

Después me enrollé con otra española, un año mayor que yo y tremendamente inteligente. Pasé un par de años envuelto en su curiosa personalidad. Fue una época de descubrimientos mutuos y de experimentación. Desgraciada(o afortunada)mente, tenía una prima modelo que estaba realmente buena. Me enrollé también con la prima y pensé «a la fidelidad que la mee un perro».

En esa época a mi papá se le ocurrió sufrir un infarto fulminante subiendo una montaña. Con mi parte de la herencia me vine de viaje a Europa tres meses y estuve jugando en la bolsa de valores, en una época de alza que me acostumbró a creer que el dinero venía del cielo. Estaba a mitad de licenciatura, en una universidad tan mierda que ostentaba, como único mérito, la posibilidad de no ir a clases. Por supuesto, pensé, «al esfuerzo, la constancia, la disciplina y al ahorro que los mee un perro».

Entonces me hice novio de una aristócrata de diecisiete años (yo tenía veintiuno), bisnieta de un dictador de la República. Con ella formaría vínculos casi familiares durante los cuatro años que duramos juntos. Sin ningún esfuerzo me vi en la cima de la pirámide social. Las viejas en las fiestas me adulaban, una tía política y sus engendros me envidiaban, el abogado con el que trabajaba como pasante me admiraba. Pensé, «al éxito que lo mee un perro».

Por esa época, gracias a un premio literario nacional casi importante, me publicaron mi primer libro y me convertí en joven promesa del exiguo y poco competido panorama cultural del país. El éxito rápido me convenció de que mi talento se bastaba a sí mismo y desde entonces he creído innecesarias las antesalas, los pasillos, las recomendaciones, los apadrinamientos. De hecho, me convencí de que «a las relaciones públicas que las mee un perro».

El título de abogado me obligó a trabajar, enseñándome que la extorsión, el soborno y el tráfico de influencias tendrían que haber sido las únicas materias del pensum de estudios. No me dio la gana de adaptarme y supe que, en ese contexto, no iba a llegar a ningún lado. Y pensé, «a mi profesión que la mee un perro».

El exceso de formalismos de la aristocracia pueblerina enfrió mi noviazgo y después de un viaje a Nueva York junto a una prima, mi relación aristocrática se fue al carajo. Pasé un periodo chungo que se agravó por una complicación de mi ex novia, a la que ayudé a cambio de una depresión nerviosa para ambos. Tanta represión me hizo pensar, «al juego social que lo mee un perro».

Como creía que vivía no muy lejos del culo del mundo, y estaba seguro de que mi sitio estaba en otra parte, opté por un crédito de estudios en el extranjero que, después de dos intentos, acabé ganando. Entonces me dije, «a mi país que lo mee un perro».

El resto de la historia está en una novela.

11 comentarios:

cristina dijo...

¿Algo a lo que un perro no deba mearse?

Armando Luigi dijo...

pues sí, a los árboles, sobre todo

Manola dijo...

Querido Arman,
Yo leí todo tu bio y no puedo dejar de pensar, "Dónde está escondido en el fondo de tu alma todo el amor y cariño que tu tia, tu mamá y muchos mafiliares como yo siempre compartimos contigo?" Si yo no hubiese presenciado tu niñez (no mucho de tu adolescencia)yo podría creer 100% lo que tu escribiste. Sin embargo, yo creo 100% que esa es tu perception y que algo ha nublado los muchos momemtos felices y tiernos de tu niñez de los cuales yo fuí testigo. La vida no es fácil, y todos tenemos muchos momentos donde unicamente cabe decir "que se mee el perro." Es nuestra elección comprar todos los boletos para la fiesta de "pobrecito yo" o echarle una patada a tantos perros y elegir recordar y construir nuestro futuro en los escasos buenos momentos. Algún día espero tener la dicha de reunirme contigo nuevamente y compartir recuerdos gratos de tu niñez y recordarte que, si es verdad que hay mucha mierda en este mundo pero, como dicen el chiste Venezolano, nosotros sienpre tenemos el liquilique blanquito porque, en Venezuela cuando hay mierda no hay valde para llevarla, y cuando hay valde, no hay mierda. Te envío todo mi amor y cariño y deseos de que algún día encuentres un rayo de luz en la oscuridad de tu bosque de recuerdos.
Beos y abrazos de tu prima Manola Robison

Armando Luigi dijo...

bueno, Manola, en realidad no es un bosque lo negro, es el humor (negro)
por supuesto que estoy lleno de buenos recuerdos y rayos de luz, lo que pasa es que me parece más divertido (para propios y extraños) caricaturizar que fabricar manuales de autoayuda.
Supongo que el humor es una de las cosas que más cambia con las culturas, y sí, supongo, también, que una lectura sin referencias puede suponer mi biografía triste, trágica, o yo qué sé.
Mi ánimo es distinto, no te preocupes.
Un abrazo fuerte y gracias por los mil buenos momentos de la niñez, que siguen allí siempre

SANTIÑIN dijo...

Hola Armando, somos Juanra y Pilar de Madrid. Acabo de leer tu biogafría y me gusta tu forma de escribir. Ya te diré más cosas. Un abrazo muy fuerte desde Alcalá de Henares, y sólo decirte que nuestro viaje a París no hubiera sido lo mismo sin tí en la recepción de ese encantador hotel..

Nathalie dijo...

Querido amigo, me divertí horrores leyendo tu biografía, la que a pesar de nuestra corta edad está bastante nutrida. Oscura y triste...¡que va!, es la pura esencia del imposible de etiquetar que siempre has sido y como al vino ,el tiempo, solo le a brindado más cuerpo. Ahora que de nuevo retomo el hilo conductivo de nuestra historia, me alegra saber que tus velas no apuntan al optimismo o al pesimismo habitual... solo se han ajustado al plan de ruta. Sigue llenando tu bitácora y espero pronto (si el ritmo de vida me deja) ponerme al día con tus historias.

Armando Luigi dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Armando Luigi dijo...

Nada, que estaba mal escrito el comentario anterior (me tragué una frase), donde te daba las gracias por tu simpática nota, y te decía que es muy curioso esto de ver a los personajes comentando (a pesar de nuestra corta edad, en aquel momento) y que sí, tienes razón, la biografía no es triste ni alegre, sino cortésmente cínica y amablemente malintencionada, que has leído bien, supongo que porque eres parte de ella. Ah, y la frase que me comí era algo de que celebraría lo de mi cara de vino bebiéndome una cerveza fría, ahora que el verano entró atropellando a la primavera, que este año París se la comió. Un abrazo, querida amiga, del inetiquetable de las cortas greñas

VANESSA MALINALLI dijo...

Vaya... nunca supe lo de tus papás en esos años... en realidad nunca supe mucho sobre tu vida ni siquiera en esa época del colegio. Tu cinismo es facisnante, algo que entiendo muy bien..y concuerdo contigo respecto a la autoridad, a los convencionalismos, a la profesión, al amor, a la fidelidad, al compromiso y en todo lo que mandastes a que lo meara un perro¡ También lo hice pero no con esas palabras....

Ese sutil humor solo me refuerza lo que todos saben... eres BRILLANTE¡¡¡¡

laplusbellenena dijo...

No es oscura ni triste tu historia,tal vez complicada pero he visto peores..la nota que escribio tu prima demuestra el amor que te tiene tu familia y lo mucho que le cuesta a los que nos quieren entender que las cosas que nos marcan y nos hacen avanzar son las mas dolorosas,escribir una biografia con puras cosas felices no seria interesante de leer y como podrias decir tu:a la felicidad de los otros que los mee un perro..como se llama el o los libros que escribistes..me encantaria leerlos.Tienes 40 y algo ahorita, me gustaria alimentar mi curiosidad con tus futuras desventuras y bueno podria aceptar un poco de felcidad en tu historia...

wdsad dijo...

Excelente narrativa. Me gusta la estilística que usas. Analizaba tus "cuentos" del compilado Las horas y las hordas y decidí buscar información tuya. Joyita de blog el que tienes. Saludos desde México.