WORK IN PROGRESS

jueves, 26 de julio de 2007

sin titulo: fragmento

Como trabajador ilegal mi amigo entró a una empresa de timos no ilegales. La empresa recogía ofertas de fototiendas, ventas de colchones, agencias de viajes, servicios de limpieza, fábricas de sillas, etc., y hacía repetir a mi amigo, como a los demás empleados, encerrados en unos cubículos que imagino sucios y oscuros, o con luz de hospital, este guión telefónico:

--¡Seeee…ñora, FE-LI-CI-TA-CIO-NES! ¡Acaba usted de ganar el premio gordo de nuestro concurso de televisión! ¡Ahora mismo su nombre está titilando en la pantalla gigante de nuestro estudio! Un fin de semana para dos personas en Las Vegas, seis fotografías de treinta por cincuenta acompañada por su querida familia, un colchón tamaño king size con cobertor, un juego de sillas para el jardín. ¿Qué no tiene jardín, dice? No importa, lo tendrá pronto, se lo garantizo. ¡Su suerte acaba de cambiar! Y todo esto, COM-PLE-TA-MEN-TE GRATIS! ¡¿Qué le parece, señora?! Sólo tiene que responder correctamente a la pregunta del concurso y después confirmarme su dirección para hacer entrega del premio.

Y aquí estaba el truco, en el mensajero. Treinta dólares, costaba el servicio. El mensajero era la propia empresa, en realidad. Los regalos eran ofertas disponibles para cualquiera, promociones, y todas tenían truco. El fotoestudio, por ejemplo, sólo te daba las fotos si pagabas la sesión: maquillaje, vestuario, iluminación, doscientos dólares. O el fin de semana en las Vegas lo regalaban sólo si el candidato llenaba un perfil de edad y de ingresos. La empresa de timos recogía estas promociones y se fabricaba la ficción del concurso.

Las víctimas eran la población hispana, la ignorante. Cuando salía del trabajo, mi amigo, a las tantas (ganaba por comisión de ventas, así que intentaba trabajar todo lo posible, porque no se sabía a qué hora iba a caer el premio, el pendejo que creyera en el concurso y pagara el envío), se encontraba con las víctimas que habían ido al garito a buscar sus regalos. Estaban allí los que creían en las cámaras de televisión y no querían mostrar sus casitas en el programa inexistente. La gotita de sudor bajaba por la frente de los premiados, los cabellos peinaditos, el único traje rescatado del fondo del armario, color gris ratón arrugado, el traje.

*

Mi amigo, después de estudiar cómo funcionaba el negocio, decidió montar una sucursal independiente, dejar de trabajar por cuenta ajena y por comisión. Había ido a Los Ángeles acompañado por un primo suyo hijo de libaneses. El primo también trabajaba para la empresa de timos. Se montaron la historia. Buscaron ofertas (la fuerte, entre las suyas, era una de limpieza de alfombras), llamaron por teléfono, entregaron premios, limpiaron alfombras, consiguieron dinero. Les fue bien, económicamente. Vivían cerca de Beberly Hills, en un condominio con piscina climatizada. Tenían un coche deportivo, descapotado. Los clásicos símbolos de éxito californianos. Pero, a diferencia de lo que se veía en el cine, no parecían surfistas, estaban pálidos y agotados, no tenían tiempo para ir a la playa. Pasar el día con el teléfono los dejaban tan desmadrados que en el tiempo libre sólo querían descansar, dormir. Alguna vez, los fines de semana, iban a espectáculos de show-girls. Mujeres en pelotas que movían las tetas con la música. Prostitutas de lujo que, en el tiempo libre, sólo querían descansar, dormir.

Cuando unos amigos los fueron a visitar, a Los Ángeles, al verlos, les preguntaron, sorprendidos, si se estaban drogando. Esa era la cara que tenían. Acabaron convenciéndolos para que regresaran a Venezuela, con ellos.

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