WORK IN PROGRESS

lunes, 22 de octubre de 2007

guia de paris para sociopatas: noche blanca. la madeleine

Como el tártaro, dentro de la Madeleine. Iluminadas sólo las figuras del fondo y los comediantes, levantados sobre unas plataformas. Con unos tubos largos, que tenían no sé qué fluorescente, los comediantes elegían a ciertos mortales para susurrarles. Tubo que buscaba, lentamente, al elegido, y el elegido que se lo ponía en la oreja. Y todos los demás preguntándose qué pasaba dentro del tubo. Entre cinco y diez minutos, duraba cada mensaje. La iglesia llena. Por probabilidades, podías pasarte horas hasta que te tocara. La masa levantaba las manos, un poco desesperada. A la masa no le llegaba el tubo. Había que flotar sobre la masa, me di cuenta rápido. Poner cara de aquí estoy, pero si no me hablas no pasa nada, esto es un juego, ya lo sabemos, que quizá... el tubo me llegó, lentamente, después de desprenderse de una mano molesta, delante de mí. Suavemente, la comediante, aspecto virgen renacentista, me susurró, a ratos en francés, a ratos en inglés, un poema de amor metafísico:

Primero, besaré tu boca, suavemente, mi lengua recorriendo tus labios, lentamente. Después, penetraré tu boca con mi lengua, poco a poco, imitando el coito, cada vez más profundo, mi lengua moviéndose dentro de tu boca. El olor que sale de mí me recuerda a ti, me dijo. El olor de tu sexo es el mejor perfume que he conocido, le respondí, y continué. Mientras te beso, desabotono tu camisa, para recorrer tu cuerpo con la punta de los dedos. Te pongo boca abajo, y con la punta de la lengua subo y bajo por tu espalda. Desengancho tu sujetador y continúo recorriendo tu cuerpo con la punta de la lengua, desde el nacimiento de las nalgas hasta el cuello. Estoy muy mojada. Eso es lo que quiero. Sigo. Entonces me pongo junto a tu oreja y te digo cuánto te amo, la forma obsesiva como me has hecho falta y, al mismo tiempo, meto mi mano en tu pantalón. Llego, con mis dedos, a tu vagina, tú abres tus piernas, para dejarme espacio. Tus dedos, cómo me gustan, escribió. Dejo tu vagina y coloco tu cuerpo sobre mí, mirando el techo, los dos. Te abres el pantalón, y yo uso una mano para tocar tus senos y la otra para tu vagina. Tu sueltas pequeños gemidos, como un animal, y luego, cuando estás realmente mojada, te saco el pantalón, y la ropa interior, lentamente, y uso mi lengua para besar tus pies, cada dedo dentro de mi boca. Beso poco a poco tus piernas, acercándome a tu vagina, hasta que mis labios están a un centímetro de ti, y puedes sentir mi respiración sobre tu clítoris, pero no te toco. ¿No? Sólo un poco, con la punta de la lengua, por un instante. Luego recorro con la lengua toda tu vagina, y te huelo; pongo mi boca sobre ti, para sentir tu calor, y lamer tus fluidos. Al mismo tiempo uso mis dedos para acariciar tus pechos, a la misma velocidad que mi lengua juega con tu clítoris. Quiero que me toques en público, me pidió. Lo haré, seguro. Quiero un orgasmo en público. Sí, podemos buscar un lugar tranquilo, quizá los jardines de Luxemburgo, la gente caminando hacia sus casas mientras tú y yo hacemos el amor con los dedos; ¿aún no te has corrido? No. ¿Quieres que siga con la narración? Sí.

El espectáculo era una incitación a la profanación: la oscuridad, la voz susurrante de la mujer, el erotismo del poema, incluso, la pila de agua bendita, dos pasos a la derecha, perfecta para uno lavarse las manos después de cascársela. Una versión, elevada, literalmente, de las cabinas de vídeos porno de la Rue de Saint-Denis. Y los curas cediendo la iglesia sin enterarse de nada, claro, a ellos no les susurraban.

Salí, feliz, a buscar la próxima aventura.

No hay comentarios: