WORK IN PROGRESS

martes, 29 de enero de 2008

sin titulo: fragmento

La crisis le dio en Jodhpur, después de que visitáramos el castillo y una niña, creo que intocablemente hija de dios, le rasguñara el brazo por no darle dinero. Que todo era muy feo, me dijo, llorando, en el hotel, y yo le respondí que el castillo estaba de puta madre, que nunca se me hubiera ocurrido encontrar una vaina así al borde del desierto, que parecía sacado de una película de ciencia ficción, con las filigranas de piedra, que... Nada, no había manera, decía que no tenía sentido viajar tanto, haberse gastado tanta pasta en el pasaje, para llegar a unas ciudades tan feas. ¡Joder, pero si allí está la gracia!, insistía yo, en ver cómo vive esta gente en realidad. ¿Cómo viven?, en la pobreza, ya lo ves, ¿había que gastarse todo ese dinero para saberlo? Coño, pero es que no es sólo eso, el chiste es intentar ver más allá... ¿Más allá de qué, si ni siquiera te pones a hablar con ellos? Y bueno, esto era verdad, soy poco dado a hablar pendejadas con la gente, tampoco viajando; a veces sí, pero no normalmente. No sé, para mí, ya las imágenes del castillo y la ciudad, con las casas azules, y después, el mausoleo de mármol, las tumbas de los reyes, el atardecer, allí, ya pagan el viaje. Pues para mí no. Fin del argumento.

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Chateando con mi hermana apareció, no sé cómo, un tipo que calza perfecto en mi novelita del robo con allanamiento: mandaba bombas por correo para publicar, en la prensa, sus manifiestos. Por desgracia, era mejor fabricante de explosivos que de pensamientos, sus escritos son una sarta de disparates, sus bombas, no tanto. ¿Por qué, buen hombre, antes de empezar con tus acciones, no tomaste un cursito de letras, o de historia, o de filosofía? Porque, me respondería, para hacer burradas se necesita un buen corazón, no un espíritu despierto.

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A mi compañera de piso española, la pequeña, la fiscal de menores, no le gustó China. Estuvo en verano y encontró a lo chinos poco interesantes, guarros, y bastante maleducados. La arquitectura no le pareció nada del otro mundo, y ni siquiera la Ciudad Prohibida o la Gran Muralla le llamaron la atención. Sólo tiene buenos recuerdos de los Guerreros de Xian. Las ciudades las encontró feas, la gente le olió mal, por no decir nada de los escupitajos. Con sus amigas participó en un rafting, de tres días, una mierda. Nunca le había atraído la cultura china y no tenía ninguna ilusión de ir allí. Fue porque había quedado en pasar las vacaciones con ellas pero, la verdad, hubiera sido mejor irse a otro lado. Hubiera sido mejor irse a otro lado, la verdad.

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Asusta no la fragilidad del techo, sino la soledad. El puto instinto gregario, soplándote detrás de la oreja, cuando tratas de dormir. Preguntándote, en susurros, qué vas a hacer si te enfermas, dónde piensas estar, cuando viejo. Cierras los ojos y te imaginas cosas que te den sueño. Nosferatus reposando, por ejemplo. Pero no, la vocecita sigue detrás preguntándote. La una, las dos, las tres de la madrugada, hasta que por fin, cansada, se calla, y entonces puedes dormir.

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