WORK IN PROGRESS

lunes, 28 de julio de 2008

sin titulo: fragmento

Quince euros para quince días, esa era la base.
El grupo con el que había pasado el último mes en una aldea perdida se había ido en la mañana. Mi dinero se había convertido, el día anterior, en un yambé y siete máscaras africanas. Por un arranque de orgullo, después de una discusión con una compañera con quien había estado enrollado las últimas semanas, no quise que me prestaran nada; decidí descubrir cómo podía sobrevivir, sólo, sin dinero, en el medio de África. Con un euro al día no me podía quedar en Cotonou, la ciudad, y decidí irme a Ouidá, donde habíamos estado un día, un pueblo con un aire extraño que me había gustado.
Dejé las máscaras en la ONG que nos había recibido, les dije que regresaría a buscarlas en un par de semanas; seguí hasta la zona de blancos, no compré un frasco de chocolate que me habría quitado la mitad del capital, y caminé hacia el sur, siguiendo la brújula de mi navaja. Atravesé unos barrios de calles de arena, en el camino compré galletas y naranjas, y llegué al mar. Me descalcé, colgué las sandalias en la mochila, y con el agua mojándome los pies comencé a caminar.
Cincuenta kilómetros, un par de jornadas. Buscar donde poner la tienda de campaña y luego regresar a recibir a mi ex. En eso estaría pensando cuando me di cuenta de que dos chavales venían detrás de mí; me giré, los detallé, no me gustaron. La guía de una compañera decía que había que evitar caminar por la playa, cerca de los hoteles, porque es relativamente normal que haya atracos. Puse la mochila en la arena, saqué el cuchillo, me acerqué al mar, esperé; los chavales llegaron, bonjour, me miraron, miraron la mochila, miraron el cuchillo, siguieron; dejé que se fueran adelante, me colgué el cuchillo del cinturón, caminé detrás de ellos, un rato, hasta que desaparecieron.
A mediodía me senté a comer, galletas y naranjas. Sentí ganas de cagar, estaba enfermo desde hacía dos semanas, una amibiasis, disentería, yo qué sé. Algunos días había tenido que quedarme en cama, sudando, a veces delirando, pero ya estaba casi bien, aparte de la diarrea líquida. El problema es que casi nada me entraba; o sí, me entraba, pero inmediatamente me salía. Para ahorrar papel entré al mar. Las olas rompían dos veces, era el océano, golpeando fuerte contra la tierra. Entré alejándome de la orilla y estuve nadando un rato. Regresando una ola me estampó contra la arena y salí mareado y aporreado, había que tener cuidado con el mar, porque además la resaca era fuerte. Me vestí, me colgué la mochila, regresé a caminar.
Sentí sed y busqué una carretera que se escuchaba a la derecha. Iba paralela al mar. Seguí por la carretera. Apareció un chiringuito donde me senté a tomar un refresco. Un décimo de euro.
--¿Militar?
--¿Cómo?
--¿Eres militar?
--¿Yo?, no, ¿por qué?
--No sé, pareces.
--No, para nada, ni siquiera hice el servicio militar, no me gustan los militares.
--¿Y qué haces por aquí?
--Camino.
--¿A dónde vas?
--A Ouidá.
--¡Eso está muy lejos!
--Leí que está a cincuenta kilómetros de Cotonou.
--¿Cotonou? ¡Eso está lejos!
--Está a menos de diez kilómetros de aquí.
--¿Por qué no coges un taxi?
--Prefiero caminar.
--¿Por qué?
--No sé, la verdad es que no me lo había preguntado… pero prefiero caminar.
Me miró curioso. Pagué y seguí.
Al rato, atravesé un pueblo. Como no me gustaba la forma como los niños veían mi cuchillo, con miedo, y tampoco quería dejar de mostrarlo, regresé a la playa.
A mitad de tarde encontré a mucha gente, una aldea completa, halando de una cuerda muy gruesa. Para saber por qué halaban puse la mochila en la arena y me uní. Una mujer y unos niños me dejaron espacio mirándome extrañados. Alguien, cerca del mar, cantaba, y según el ritmo de la canción había que halar. No era fácil el tema, pero la cuerda corría. Al rato las redes comenzaron a llegar a la arena cargadas de pesca, con unas barcas detrás. La aldea que halaba soltó la cuerda y se fue a buscar. Yo me senté a mirar. Un hombre vino con un pescado grande, del tamaño de mi antebrazo, y me lo ofreció. No no, no se preocupe, gracias. No hablaba francés. Insistió. No, de verdad, gracias, le dije en señas. Con señas él me dio a entender que podían cocinarlo para mí. No, gracias de verdad. Sonriendo, me despedí del hombre, me colgué la mochila, y regresé a caminar.

2 comentarios:

Cristina dijo...

Qué guay.. si es que no necesitamos ni la mitad de lo que tenemos... seguro que se sobrevive con poco. Quizás aqui en Europa cueste más.

Armando Luigi dijo...

algo para comer; un sitio seguro para dormir; dónde orinar, cagar y lavarse; nada más