WORK IN PROGRESS

miércoles, 30 de julio de 2008

sin titulo: fragmento

Esa noche, y la siguiente, dormí oculto de la carretera en una caseta con parrilla. Un tipo que vivía cerca, diciéndome que era “el vigilante”, me hizo pagarle medio euro cada noche; también tumbó media docena de cocos que me vendió por casi nada. Pasé el día caminando y haciendo ejercicios, para ocupar el tiempo, porque me cansa mucho pasar el día sin hacer nada. En la mañana regresé a caminar.
Casetas de cemento con banderas, de vez en cuando. Al final de la tarde llegué a un hotel de playa. Quería bañarme con agua dulce y pregunté cuánto me cobraban por montar, en la arena del espacio cercado de las tumbonas, mi tienda de campaña.
--Tres euros.
--No, tres no puedo, puedo pagar uno.
--Dos.
--Uno.
--Bueno, uno --el hotel estaba vacío.
Cuando acabé de montar la tienda el tipo con el que había negociado se acercó. Cuando quise pagarle me dijo:
--Tres.
--¿No me habías dicho uno?
--No, son tres.
--Perfecto, no pasa nada.
Desmonté la tienda de campaña mientras el tipo me miraba como sin entender por qué no pagaba tres en vez de uno.
Comenzaba a oscurecer, tenía que encontrar rápido un sitio para dormir. Entonces, sorprendido, vi aparecer el arco gigante de cemento, con figuras de bronce, de la Porte de non retour; estaba en Ouidá, mucho antes de lo que esperaba.
Doscientos metros más allá comencé a montar la tienda de campaña. Cuando estaba por acabar se me acercaron unos tipos a decirme que no era muy seguro dormir allí, que mejor ponía la tienda cerca de su casa. Okay. En el camino les pregunté qué hacían. Pescadores de “requein”, me dijo el que hablaba francés. Yo no sabía qué era “requein” pero igualmente me llamaba la atención ir de pesca. Les pregunté cuándo salían, me dijeron que al día siguiente. Les pregunté si podía ir con ellos. El que hablaba francés se rió, me miró curioso, habló con los otros dos en no sé qué idioma africano. Me dijo que estuviera listo a las seis. Llegamos, me señalaron dónde montar la tienda, junto a su barca. Nos despedimos. Me instalé.
A las seis estaba listo, la tienda recogida y todo en la mochila guardado. Comenzaron a llegar, cargando combustible y redes. El jefe me dijo, en un inglés difícil de entender, que guardara la mochila en su casa. Intenté ayudarlos a cargar pero no me dejaron.
Empujamos la barca al mar usando unos rolos de madera. Antes de llegar, me pidieron que subiera. ¿Por qué? Es mejor. Me trataban como a una señorita. Entró la barca al agua. El que hablaba francés subió. Esperaron el momento y empujaron la barca hasta pasar el segundo lugar donde rompían las olas. El que hablaba francés intentaba encender el motor. Los otros, con el agua al pecho, sostenían la barca para que no regresara a la playa. Cuando el motor encendió, subieron. Estuvimos esperando un espacio entre una ola y otra para poder entrar al mar. Por fin, con el motor al máximo, nos fuimos contra el primer sitio donde rompían las olas. No pudimos pasar, una ola saltó casi encima de la barca. Otra vez a esperar. Los pescadores, mientras tanto, achicaban el agua que había entrado. En la orilla, el jefe gritaba no sé qué. Segundo intento, igual, una ola casi nos voltea. Al tercer intento, por fin, pudimos pasar. El jefe gritó, ellos gritaron de vuelta. Fuimos dejando la costa atrás.
Cuando ya la tierra era apenas un hilo nos detuvimos. Comenzaron a recoger una red. El que hablaba francés cantaba y los demás halábamos la red siguiendo el ritmo. La red estaba rota, no había nada. Soltaron una de las redes que habían traído. Encendió el motor, seguimos. El que hablaba francés me preguntó si estaba mareado. No, para nada. Le pregunté qué decía la canción, porque noté que había nombres de lugares. Me explicó. Me preguntó qué hacía allí, le dije que había estado con un grupo en una aldea cerca de Posotomé, en un supuesto proyecto de cooperación que era el tinglado de unas vacaciones exóticas. Entonces, a unos veinte metros, salió del agua la cola de una ballena, y volvió a caer. Yo estaba feliz, sintiéndome como en un documental de la National Geographic, pero los pescadores, asustados, golpeaban el fondo de la barca con los remos. Luego, el que hablaba francés me explicó que era para alejar al mal bicho, porque si golpeaba la barca nos hundíamos.
--Las ballenas son malas --me dijo.
--Pero si golpean la barca es sin intención.
--Son malas.
Me explicó que eran las ballenas quienes rompían las redes. La ballena quedó atrás, resoplando, de vez en cuando, su chorro de agua, y golpeando el mar con la cola, no sé por qué.
Segunda parada. Canto y red. Esta vez, la red estaba pesada, había pesca. Primero, una concha esférica, más grande que un balón de fútbol. Luego, uno de los pescadores se asomó a la barca y me hizo gestos para que me acercara. Del azul oscuro, casi negro, del mar, vi aparecer una silueta primero difusa, luego elegante y perfecta, que poco después se volvió un tiburón, que subieron, entre todos, a la barca. Estaba muerto, se ahogó en las redes, durante la noche, porque los tiburones necesitan moverse para respirar. El tiburón me llevaba una cabeza, de tamaño. Yo estaba feliz, tocando su piel de ida y vuelta con los pulgares de mis pies.
--¿Cómo se llama, qué tipo es?
--Puntiagudo, requein pointú.
El que hablaba francés me dijo que ése era pequeño; que muchas veces hay que cortarlos para subirlos a la barca; que a ellos les interesan, sobre todo, las aletas, que hay un tipo de Hong Kong que paga muy bien por ellas; que la mandíbula también, se la venden a los hoteles; que ahora era la temporada, y por eso estaban allí.

1 comentario:

Cristina dijo...

Vaya esto si que es aventura..sobretodo lo de la ballena; pero claro, supongo que es una realidad adaptada al cuento.
Bien pensado, qué importa que sea real o no.
Gracias