WORK IN PROGRESS

sábado, 26 de julio de 2008

sin titulo: fragmento

Y entonces, ¡oh, refinados lectores!, voy a ofreceros aquí un resumen de la ceremonia de despido, una de las experiencias más polite de mi vida.
Por lo que vi, a la directora del hotel el ambientillo de la recepción le importaba un carajo. Su punto era dejar del lado del hotel la mayor cantidad de pasta posible y, cuando vio que para mí eso no era un problema, se portó bien.
Sólo me dijo que de mí no se hubiera esperado “eso”. Le solté que el texto, así como se lo dieron, estaba descontextualizado, que era parte de una novela que voy colgando en un blog, que me sentía raro teniendo que explicar el por qué de un escrito de ficción. Dijo que había detalles, muy precisos, que afectaban a mis compañeros de trabajo. Insistí en que no había nombres, y que era un texto de ficción. Me preguntó por qué, si no estaba a gusto con el trabajo, no hablé con ella para arreglar el despido y el paro. La verdad es que no se me ocurrió, ni siquiera lo pensé. Entonces trató de sacarme información, primero sobre los robos, preguntándome cuánto había de verdad en mi caricatura; le respondí que yo no estaba allí para delatar a nadie, aunque por la forma como me miró a los ojos supo que sí, que lo que yo contaba era verdad, o casi. Luego pasó a tratar de descubrir hasta qué punto soy escritor, supongo que para ver si puedo hacerle daño al nombre del hotel. Me comentó, y me hizo gracia, que ese texto, en su opinión, de literario no tenía nada; en el contexto sí, me defendí, no sé por qué.
Mientras imprimía los papeles de la renuncia/despido hablamos de libros, de lo que está leyendo ahora; de un hermano suyo, periodista económico, que vivía en Londres; y de si era cierto lo de mi mudanza a París. Sí. Me comentó que ella prefería Italia, porque a los franceses los encontraba insoportablemente pedantes. Italia quizá después. Me preguntó en qué pensaba trabajar, y olí que iban a ponerme, o ya me habían puesto, en una especie de lista negra o, por lo menos, que me enterrarían siempre que pudieran. No fui claro con mi respuesta, porque la verdad es que yo mismo no lo sé.
El chaval uruguayo me había dicho que, para calmar a las bestias, la directora le había dado al jefe de restaurante el privilegio de decidir cuál debía ser mi castigo; el tipo pidió que me renovaran el contrato, para joderme lo de París. Lástima que no se haya podido; no sé, la próxima vez, quizá, ojalá tenga suerte.

*

Encontré piso en París, por internet, en Montparnasse, todo un clásico, junto a la estación de trenes, en una calle que, curiosamente, se llama de l’Arrivée. Está a cinco minutos de los jardines de Luxemburgo; a quince, a pie, de la Sorbona, de Saint-Germain-des-Pres, y del Quartier Latin; a veinte minutos, caminando, de Notre Dame o de la Torre Eiffel; a media hora, a pata, del Louvre; a un poco más del Pompidou; a cinco horas, gateando, de Montmatre; a siete, arrastrándose, del Bois de Boulogne; a veintiocho, con los ojos cerrados, del Bois de Vincennes. Pues eso, que se puede ir a cualquier parte de cualquier forma. Son 16 metros cuadrados en un sexto sin ascensor. Absténganse de visitas los obesos y los cardíacos; los primeros porque no caben, los segundos porque no llegan. Todos los demás serán bienvenidos, previo aviso, claro, para que no me encuentren en estado de descomposición.
Saludos cordiales,

1 comentario:

Cristina dijo...

Listo el jefe, te hubiera hecho más mal que bien renovándote no?bueno al prota de la novela digo

Una cosa, ¿El cuarto de baño está a parte?

Vale pues con previo aviso vengo del 13 al 16 de Agosto

Saludos